domingo, 22 de mayo de 2016

Un día en Ubud, el centro cultural y espiritual de Bali

Arrozales de Ubud al atardecer

Nos despertábamos tranquilamente, sin el sonido estridente de ninguna alarma aporreando nuestras cabezas, ni madrugones a horas intempestivas como los días anteriores. Simplemente nos despertábamos porque habíamos dormido lo suficiente y habíamos recuperado las fuerzas perdidas. Hoy iba a ser un día relajado y tranquilo que aprovecharíamos para visitar Ubud, la localidad dónde nos estaríamos alojados durante los siguientes siete días.

Nada más levantarnos, fuimos directos al restaurante a tomar el desayuno. Después de la comida de supervivencia del día anterior, cualquier cosa sería mejor. Pero en este caso no solo lo superó, para nosotros fue el mejor desayuno de todo el viaje. Había varios menús de desayuno que se podían pedir y luego añadirle algún extra sin coste alguno (algo que averiguamos al día siguiente). En mi caso me pedí fruta troceada, huevos benedictinos, un par de tostadas con mermelada y mantequilla y un delicioso zumo de papaya y naranja. Lena pidió lo mismo pero cambiando los huevos benedictinos por un par de huevos a la plancha con bacon. Vamos, que nos pedimos un desayuno ligerito.

Primer desayuno en el hotel Bunga Permai

Tras el desayuno estuvimos dando un paseo por el hotel, conociendo alguna parte que no habíamos visto ayer y echándonos un rato en las tumbonas de la piscina. Hoy queríamos un día relajado, tranquilo. Total, todavía teníamos tiempo hasta las diez, que salía el transporte gratuito que ponía el hotel hacia el centro de la ciudad.

La piscina del Bunga Permai

A la hora que nos habían dicho fuimos a la recepción del hotel y nos montamos en la furgoneta que, junto a otros huéspedes del hotel, nos llevó al centro de Ubud en menos de un cuarto de hora. Lo malo de este servicio de shuttle del hotel es que tiene solo un par de ellos de ida (uno por la mañana y otro por la tarde), pero no tiene ninguno desde Ubud al hotel. La mejor opción para volver, es coger un taxi por un precio económico, ya que andando tardaríamos bastante.

Comenzamos a caminar por una de las calles principales de la ciudad, Jalan Raya Ubud, y al poco nos topamos con el Lotus Cafe. Era muy pronto para tomarse algo, pero aun así entramos para ver el tesoro que guarda en su interior. En si el café no tendría nada especial de ser porque la parte trasera da a un precioso estanque con flores de loto. Este estanque es la parte delantera del Pura Taman Sarawasti en el que se pueden ver tallas que honran a Dewi Sarawasti, la diosa de la sabiduría y de las artes. Es un lugar realmente bonito que te permite hacer una idea (en pequeño) de como serán los grandes templos que tiene la isla de Bali. Por cierto, "Pura" significa templo, así que esta palabra la veremos mucho en nuestros días en Bali.

Vistas desde el Lotus Cafe
Detalle del templo frente al Lotus Cafe Vista del estanque del Lotus Cafe desde el templo

Salimos de allí y seguimos caminando por Jalan Raya Ubud ("Jalan" en indonesio significa calle o carretera). A pocos metros nos encontramos con el Palacio de Ubud que comparte espacio con el Puri Saren Agung. Se oía mucho ruido y había un montón de gente, así que nos acercamos a ver que se cocía en el interior. Al entrar vimos que había una actuación. ¡Toma ya, menuda suerte! Sonaba música indonesia mientras una bailarina se movía con movimientos hipnotizantes sobre una tarima en el medio del recinto. Alrededor suyo estaban los músicos y un montón de mujeres vestidas con trajes realmente bonitos. Supongo que sería algún tipo de celebración y no uno de los espectáculos a los que puedes asistir previo pago de la entrada correspondiente.

Bailarina en el Palacio de Ubud
Mujeres vestidas de gala en el Palacio de Ubud Músicos en el Palacio de Ubud

Tras ver un rato el espectáculo salimos de allí para cruzar la calle y entrar en el Mercado de Ubud (Pasar Ubud). Es un mercado de dos pisos que abre todos los días y en el que puedes encontrar cualquier cosa: máscaras de madera, batiks, sarongs, vestidos y souvenirs de todo tipo. El precio de todo lo que hay allí es negociable, como todo en Indonesia. Así que lo mejor es sacar las mejores dotes de regateador a la palestra e intentar conseguir un buen precio por ese recuerdo que te quieres llevar a casa. Ten en cuenta que el precio que te dicen al principio está muy por encima de lo que puedes conseguir con un poco de paciencia.

Vista general del Mercado de Ubud
Máscaras en el Mercado de Ubud Sarongs en el mercado de Ubud

Tras dar un paseo por los pasillos del mercado y ver lo que había, nos decidimos por comprar un par de sarongs. En muchos templos tienes que entrar con esta prenda, pero pese a que te los suelen prestar a la entrada, preferimos comprar un par de ellos para usarlos los siguientes días y así tenerlos también como recuerdo. Aunque lo común es regatear por un conjunto de cosas para conseguir mejores precios, nosotros lo hicimos por separado. En este "mini-concurso" vimos que mis habilidades en el regateo son un pelín mejores que las de Lena. Mi sarong salió por 40.000 IDR (unos 2,65 €) y el de Lena por 50.000 (unos 3,31 €). Eso haría que el resto de días que quisiésemos comprar algo me tocase hacer el rol de negociador duro y tacaño. La verdad es que le acabé cogiendo el gusto a esto de regatear.

Después de terminar las compras en el mercado, comenzamos a bajar por Jalan Monkey Forest, otra de las calles principales de Ubud y una de las más concurridas por los turistas. En las aceras todo son cafeterías, tiendas de recuerdos, hoteles cuyas entradas parecen las de un templo... Da gusto pasear por la calles de esta ciudad, cada poco ves algo que te sorprende o esculturas de piedra que guardan una puerta totalmente tallada. Puede que la mayoría sean hoteles o cualquier reclamo turístico, pero la verdad es que a los ojos de un occidental es todo tan diferente, tan bonito.

Una calle cualquiera en Ubud
Un lugar cualquiera en Ubud Una estatua de Buda en las calles de Ubud

Al final de la calle llegamos al Monkey Forest. Una reserva natural en pleno centro de la ciudad en la que se encuentran varios templos hindúes, pero donde los verdaderos protagonistas son los monos que guardan el lugar. Cientos de macacos de cola larga viven en este bosque y campan a sus anchas por los senderos y árboles del recinto. La entrada cuesta 30.000 IDR (unos 2 €) y está abierto de 8:30 a 18:00.

Mapa del Monkey Forest

Nada más entrar ya te empiezas a encontrar a los primeros macacos. ¡Qué bien, vamos a ver otra vez monetes! Aunque ya habíamos dejado atrás nuestra experiencia con los monos de Borneo, hoy volveríamos a tener contacto con estos simpáticos animales. Además, hay que tener en cuenta que aquí están completamente libres, ésta es su casa.

Un monete pequeño mirándonos en el Monkey Forest
Un mono tumbado mientras le despiojan en el Monkey Fores Monos gritando en el Monkey Forest
Primer plano de un macaco del Monkey Forest

Pero el lugar no solo es interesante porque haya macacos correteando a tu lado, sino porque los senderos, templos y tallas que hay en el bosque son realmente bonitos y dan un ambiente místico al lugar. Como si estuvieses en un templo perdido en la jungla. Eso sí, no se puede entrar a estos templos sagrados, aunque como consuelo sí que los puedes ver desde fuera.

Los tres monos sabios en el Monkey Forest
Una escultura en el Monkey Forest Un templo en el Monkey Forest
Lena delante de un templo en el Monkey Forest

Al principio puede dar cierto respeto acercarte a los monos, pero hay que tener en cuenta que están muy acostumbrados a los turistas y no tienen el mismo comportamiento de un mono que te puedas encontrar en medio de la jungla. Aun así no dejan de ser animales salvajes y si les tocas las narices o se ven amenazados te pueden hacer mucho daño, tienen unos colmillos muy grandes. La regla básica que debes seguir es tú no puedes tocar a los monos, pero ellos a ti sí. Si haces esto, en principio, no deberías tener ningún problema.

Mi amigo el monete del Monkey Forest
Lena con su amigo el monete en el Monkey Forest

Con la regla de oro en mente y tras haber estado dando un paseo por cada rincón del parque, compramos 5 bananas para dárselas a los monos en un puesto que hay en el recinto por 20.000 IDR (1,32 € aproximadamente). Es un precio caro, pero mereció la pena por el buen rato que pasamos gracias a ello. Además, si las partes a la mitad, tienes el doble de bananas para dar.

Una mona en el Monkey Forest Un mono comiendo en el Monkey Forest

Si no quieres comprar bananas, pero quieres dar de comer a algún monete, existe una alternativa. En ciertas zonas del recinto hay guardas que te darán maíces para que se las des a los monos. Te dirán que extiendas la mano, entonces uno de los monos de la zona se subirá a tu brazo y se comerá tranquilamente los maíces que tienes en la palma. Fueron los guardas los que nos dijeron que no se puede tocar a los monos, ellos decidirán cuando se bajan de ti. Si les pareces un asiento muy cómodo y se quieren quedar sentados allí para siempre, el guarda les tentará con más maíces para que te dejen en paz, como nos pasó en más de una ocasión. Pero recuerda, no toques al mono.

Una madre con su cría en el Monkey Forest

Entre paseo y paseo, ver a los monos, darles de comer, ver las esculturas y los templos se nos pasó el tiempo volando y sin darnos cuenta habíamos pasado casi tres horas y pico allí metidos. Así que salimos en busca de un restaurante para comer. Da igual que no fuese una "hora normal" para comer, en Ubud los restaurantes siempre están abiertos. Tras comparar los precios en varios sitios, nos metimos en el restaurante Borneo 8 que está en Jalan Raya Ubud (puedes ver la ubicación exacta en el mapa al final del artículo). Lena se pidió unos sates (30.000 IDR, unos 2 €), yo un mie goreng con sates (38.000 IDR, unos 2,5 €), para compartir un koloke, que es pollo agridulce (40.000 IDR, unos 2,65 €), y para beber dos zumos de mango con naranja (30.000 IDR cada uno, unos 2 €). En total la cuenta salió por 168.000 IDR (unos 11 €). Un buen precio para una comida abundante, rica (aunque tampoco para tirar cohetes) y en un restaurante bien ubicado.

Koloke (pollo agridulce) Comiendo en el restaurante Borneo 8 en Ubud

Tras comer salimos a dar un paseo y cerca de allí, en la misma Jalan Raya Ubud, vimos un cartel que indicaba el camino hacia unos campos de arroz, así que no lo dudamos y fuimos para allá. Al principio, el camino discurría por unos callejones, cuando de repente nos topamos de bruces con unos extensos campos de arroz. Allí, pegado a la calles de la ciudad, estaba este regalo para la vista. Un paisaje precioso.

Un campesino en los arrozales de Ubud

Dimos un paseo por el camino principal y también por alguno de los estrechos caminos que discurren entre los bancales. Un lugar idílico. Pero en uno de esos momentos, mientras estaba grabando con la cámara un vídeo al estilo de la escena de la mano rozando el trigo de Gladiator, me desequilibré y me caía a un arrozal. Por suerte, solo metí un pie y no me caí de bruces. Eso sí, aquel barrizal era como una trampa que no me quería soltar. Tuve que hacer serios esfuerzos para sacar el pie y la chancla de allí, estando a punto de caerme de bruces en varios de los intentos. En fin, una anécdota más del viaje con la que nos descojonamos, sobre todo Lena.

Casa en los arrozales de Ubud Nosotros en los arrozales de Ubud

Empezaba a caer el sol, así que decidimos irnos de allí antes de que nos quedásemos a oscuras. Lo malo de aquel momento, es que a esa hora es cuando salen los mosquitos de cacería y nosotros eran un blanco fácil (y nunca mejor dicho). En la ciudad no había tantos, pero en un arrozal la cosa cambia. Para colmo se nos había olvidado echarnos Relec, así que no tardaron en acribillarnos los pies y piernas. Menudo fallo, nos habíamos relajado con este tema desde que habíamos dejado atrás Borneo y hoy, como regalo, teníamos más de 10 picaduras cada uno. Salimos de allí con la lección aprendida y un recordatorio que nos duraría el resto del viaje.

Atardecer en los arrozales de Ubud

De vuelta en Jalan Raya Ubud fuimos caminando en dirección al Palacio y nos paramos en el Lotus Cafe. Era de noche y el templo estaba iluminado para una actuación. Estaba precioso. Hicimos unas fotos y seguimos nuestro camino, ya que habían cortado el acceso al interior.

El Lotus Cafe de Ubud por la noche

Caminando por la calle nos paran ofreciéndonos entradas para una actuación de danza Kechak. Pese a las dudas que teníamos por la gran decepción que había sido la actuación que vimos el cuarto día en Yogyakarta, aceptamos la oferta y cogimos un par de entradas por 75.000 IDR cada uno (unos 5 e al cambio). Pese a que la danza también se basa en la historia del Ramayana, esta danza es muy distinta y mucho más atractiva para el turista. Además, era el mejor plan que podíamos hacer a estas horas del día. En Ubud, hay muchos lugares donde ofrecen este espectáculo por unos precios similares, en nuestro caso fuimos al Pura Dalem Taman Kaja.

Antes de entrar al recinto nos paramos en una tienda cercana y compramos un par de botellas de agua por 12.000 IDR (unos 0,8 € al cambio). Aunque fuimos con algo de tiempo de antelación, había muy pocos sitios libres. Finalmente, tuvimos suerte y nos pusieron un banco adicional en la primera fila. ¡Genial!

Decoración de la danza kechak

Llegó la hora y los bailarines salieron a escena, se sentaron en un círculo alrededor de una especie de candelabro enorme y empezó la actuación. Moviendo brazos y torso, hacían unos sonidos a un ritmo que pese a parecer un tanto caótico, tenía un orden perfecto. Solo te digo que todo el viaje de vuelta al hotel estuve tarareando este soniquete tan pegadizo. Mientras tanto, los bailarines que interpretaban a Rama y el resto de personajes de la trama del Ramayana representaban la historia. No tenía nada que ver con lo que vimos en Yogyakarta, este espectáculo nos encantó.

Uno de los personajes del Ramayana
Cantantes de la danza kechak Un intérprete del Ramayana en la danza kechak
Dos intérpretes del Ramayana en la danza kechak

Como colofón, uno de los que estaban sentados en el círculo alrededor del candelabro hizo un baile en el que pisaba y daba patadas a unas cascaras de coco en llamas. Espectacular. Aunque eso sí, al estar en primera fila, nos llegaron unas cuantas cenizas. No nos quemamos, pero sí que salimos con la camiseta y la cara manchadas de ceniza. Te lo comento por si vas y no quieres manchar, no te pongas en la primera fila.

Un bailarín golpeando cocos en llamas durante la danza kechak El fuego de la danza kechak

Salimos de la actuación a las nueve de la noche y como no nos apetecía cenar mucho, nos pasamos por un supermercado y nos compramos unas patatas y otras marranadas del estilo para comérnoslas en la habitación del hotel. Unas Lays al punto de sal 12.000 IDR (unos 0,80 € al cambio), Lays sabor salmón teriyaki 6.500 IDR (unos 0,43 €), un paquete de Oreos 16.000 (1 € aprox.) y unos M&M 7.500 (unos 0,50 €), en total 42.000 IDR (unos 2,8 € al cambio). Una cena barata y de lo más insana que podíamos encontrar, pero que nos sabría a gloria en la habitación del hotel.

Nuestra cena sanísima

Para llegar al hotel nos tocó coger un taxi en el aparcamiento del Museo Puri Lukisan (indicado en el mapa más abajo). Y como no podía ser de otra manera tuvimos que negociar el precio del trayecto. En Indonesia siempre tienes que regatear el precio antes de montarte si no quieres llevarte una sorpresa desagradable. En nuestro caso, partiendo de 90.000 IDR conseguimos bajarlo a 50.000 IDR (unos 3,3 €). Esto es lo malo de alojarnos fuera del centro de Ubud, que siempre teníamos que coger un taxi para volver. Pero lo bueno era que por un precio bastante barato, teníamos un alojamiento increíble, por el que tendríamos que haber pagado una pasta si estuviese en el centro. Y total, solo teníamos que pagar un taxi que nos valía poco más de 3 €.

Llegamos al hotel, cenamos nuestra insana cena y nos fuimos pronto a descansar. Al día siguiente habíamos quedado con un conductor a las 9:00 en el hotel para empezar a conocer el resto de la isla de Bali. ¡Qué ganas de que conocer el resto de la isla!


Te dejo un mapa con los puntos de interés de Ubud.

Si quieres ver el mapa en otra pestaña haz clic aquí.


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domingo, 15 de mayo de 2016

Subida al volcán Ijen y llegada a Bali, del infierno al paraíso

Ijen desde arriba

¡Rinnnngggg, rinnnngggg! "¿Otra vez? ¡¡Dios, pero que horas son éstas de que suene el despertador!!". Si el día anterior parecíamos osos panda al levantarnos, hoy teníamos la cara de un zombie cualquiera de The Walking Dead. Eran las 22:50 y nos habíamos ido a la cama hacía solo 3 horas. Tanto sueño acumulado nos acabaría pasando factura.

El motivo del madrugón era poder ver los blue fires del volcán Ijen que solo se pueden observar por la noche. Estos "fuegos azules" se hicieron famosos cuando National Gegrophic habló de ellos hace unos años. Básicamente, son unas llamas azules de gas sulfúrico que pueden llegar a los 5 metros de altura, y que emergen de las grietas del volcán a temperaturas de hasta 600°C. Impresionante, ¿no? Además, Ijen es de los pocos lugares en el mundo en el que se puede contemplar este fenómeno y dónde las llamas alcanzan mayor altura.

Recogimos las maletas y bajamos a la recepción del hotel a por el desayuno para llevar que habíamos encargado cuando llegamos. Un huevo cocido, zumo y dos tostadas con mermelada serían nuestro desayuno para ese día. No era nada del otro mundo, pero menos es nada.

Nos montamos en el coche y pusimos rumbo a Ijen. Teníamos por delante más de dos horas, así que intentamos echar una cabezacita por el camino. Lo malo de alojarnos en ese hotel era que que estábamos algo lejos de Ijen. Mirándolo a posteriori deberíamos haber pedido una opción más cercana al volcán y así haber podido dormir algo más. Aunque si no hubiésemos tenido que madrugar tanto, el Ijen View Hotel & Resort hubiese sido una buena opción.

Tras un largo camino por carreteras de montaña, llegamos a los pies del volcán sobre la 1 y pico. Nuestro conductor nos presentó al guía con el que haríamos la ruta y fuimos con él a la caseta donde te dan el permiso para subir al volcán. En este caso sí que estaba incluido el guía en el precio del tour, así que no tendríamos ninguna sorpresa desagradable como nos había ocurrido hacía dos días en la cascada Madakaripura.

Antes de iniciar el trekking a Ijen

Debió haber ciertos problemas con los permisos, porque nos tocó esperar durante una hora hasta que pudimos empezar la ruta. Con el frío que hacía, lo peor que nos podía pasar era estar allí parados durante tanto tiempo.

Al final, tras una larga espera, apareció nuestro guía con los permisos. ¡Por fin! Encendimos nuestros frontales y comenzamos la ruta. Para subir a la cima del volcán¡ hay que salvar unos 536 metros de desnivel y andar unos 3 km. A esto hay que sumar otros 150 metros de desnivel y 1 km que hay hasta el fondo del cráter. En total la ruta es de 8 km (ida y vuelta) y tiene un desnivel acumulado de 686 metros. Sobre el papel parecía una ruta asequible, pero el cansancio, el sueño y las condiciones del volcán cambiarían por completo esto.

Al principio la subida es bastante empinada, ya que tienes que salvar bastante desnivel en poco tiempo. Aún así, empezamos subiendo a un buen ritmo, parecía que había desaparecido todo atisbo de cansancio. Poco a poco pasábamos a las personas que nos encontrábamos por el camino, pero no tardamos en darnos cuenta que todo aquello era un espejismo. Sin esperarlo, y sin que pasase demasiado tiempo, nos llegó de repente todo el sueño y cansancio que teníamos acumulados. Las piernas perdieron toda la fuerza que creíamos que tenían y nos tocó hacer alguna pequeña parada en el camino para recobrar el aliento. En condiciones normales no nos hubiese costado tanto, pero el cansancio había hecho mella en nosotros.

Según vamos subiendo el guía nos comenta que si llevamos máscaras de gas. ¿¡Qué!? ¿¡Máscaras de gas!?. Sabíamos que era un volcán de azufre, nos imaginábamos que sería algo parecido a lo que vimos en Islandia, no que fuese necesario ir con máscaras de gas. Nos dijo que si no teníamos nos recomendaba que las alquilásemos en una cabaña a la que llegaríamos dentro de un rato. Así lo hicimos, cuando llegamos a la cabaña alquilamos un par de mascaras de gas. No me acuerdo del precio, pero si que recuerdo que eran bastante baratas (puede que un par de euros cada una). No teníamos muy claro si realmente las necesitaríamos o nos la estarían colando, pero aún así las cogimos por si acaso, no queríamos arriesgarnos.

Lena con la mascara de gas

A partir de ese punto, la subida dejó de ser tan empinada. Sin embargo, poco a poco empezamos a notar ese olor a huevos podridos tan característico del azufre. Eso significaba que nos acercábamos a la cima. Nos pusimos las mascaras y comprobamos que funcionaban a la perfección, ya no olíamos nada. ¡Genial! Pero a cambio, teníamos que hacer ciertos esfuerzos para poder respirar. No es lo mismo dar una bocanada de aire sin nada, que hacerlo a través de una mascara de gas. Así que como todavía no era realmente necesario, optamos por aguantar el olor del azufre e ir sin máscaras.

Al llegar a la cima la cosa cambió, aquí no solo era el olor, la nube de azufre subía y se notaba en la garganta. Así que decidimos que ya era hora de ponerse las máscaras y comenzar el descenso al fondo del cráter. Al mirar a abajo se veía una hilera inmensa de linternas bajando por el camino al cráter. Parece ser que el cartel que ponía bien clarito que estaba totalmente prohibido bajar era poco disuasorio. Haciendo caso al refrán "donde fueres, haz lo que vieres" comenzamos el descenso. En fin, ya que estábamos allí y nos habíamos pegado el madrugón, queríamos ver los blue fires.

Lentamente fuimos bajando en fila india por un camino empinado de roca y tierra. Había mucha gente y la cosa iba muy lenta, en algunos momentos llegaba a ser algo desesperante. Para empeorar la situación, Lena empezó a encontrarse mal. No hacía falta que me dijese nada, se le veía en la cara. Le costaba respirar y estaba muy cansada. Se le había juntado que estaba algo constipada, con el hecho de tener que hacer esos esfuerzos con la máscara de gas. Mal asunto.

Una persona cogiendo un trozo de azufre en el volcán Ijen

Al llegar abajo del todo, el ambiente era irrespirable, menos mal que le habíamos hecho caso al guía y habíamos alquilado las máscaras de gas. Los blue fires no se veían muy bien, ya que las densas nubes de gas sulfuroso que salía del volcán los tapaban casi por completo. Menudo chasco.

La malo de estar en la parte más baja del volcán era que las nubes de azufre te cubrían por completo. Había que estar atento para que cuando hubiese un cambio brusco de viento que llevase las nubes hacia ti, darte la vuelta, agacharte rápidamente y esperar a que el viento volviese a cambiar. Aunque tuviésemos las máscaras de gas puestas, de nada servían si venía una de esas nubes, se nos irritaban los ojos y la garganta. Por lo que después he leído en otros blogs y por lo que me ha contado otras personas que han ido para allá, las nubes de azufre no son ni tan grandes, ni tan densas como las que teníamos ese día.

Lena entre las nubes de azufre de Ijen
En el interior del volcán Ijen Nubes de azufre en Ijen

Esas nubes de gas de las que te hablo vienen de unas tuberías de cerámica que se han puesto en el volcán para canalizar todo el azufre gaseoso que sale y que después se condensa en azufre fundido. Y es que, por si no te lo había dicho antes, este volcán es una mina de azufre. Es un trabajo terriblemente duro, ya que no solo tienen que respirar todos los días el humo tóxico, sino que transportan cargas muy pesadas. Cada minero lleva de una sola vez entre 70 y 100 kilos por la misma ruta que nosotros estábamos haciendo. Debido al esfuerzo que requiere, la mayoría de ellos hacen ese viaje solo dos veces al día. Pero como el salario es muy bajo muchos también trabajan como guías turísticos para conseguir un sobresueldo. Como para quejarse lo más mínimo de nuestros trabajos, esta gente si que tiene un trabajo duro.

Azufre en el volcán Ijen La carga que llevan los mineros

No nos queríamos quedar mucho tiempo porque estaba siendo bastante complicado conseguir respirar. Así que nos acercamos al lago que hay en el interior del cráter antes de salir de allí. No nos pudimos aguantar y tocamos el agua. Es un agua ácida, pero tranquilo, no se te derriten las manos al tocarla. Estaba templada y tenía un montón de virutas de azufre en el fondo, pero lo realmente curioso es su color que es una mezcla entre un azul y un gris un tanto fantasmagórico.

Lena y nuestro guía con un par de trozos de azufre

Salimos de allí sin tardar demasiado porque Lena se empezaba a encontrar bastante mal, incluso estaba algo mareada. No queríamos sustos como el que tuvimos el primer día en el aeropuerto de Madrid.

Un minero de Ijen con su carga

Al llegar de nuevo a la cima del cráter, con las primeras luces del día, pudimos ver el interior del volcán. Es un paisaje espectacular, pero que en su interior alberga un terrible infierno al que acuden a trabajar todos los días un grupo de mineros.

Nosotros frente el cráter de Ijen

Después de descansar un poco comenzamos el descenso. Sin necesidad de máscaras de gas y sin esfuerzos añadidos al respirar, pudimos ir hablando algo con nuestro guía. No sabía muchas palabras en inglés, ni entendía demasiadas, pero conseguimos mantener una conversación. Nos contó que se estaba esforzando todo lo que podía para que sus hijos no se tuviesen que dedicar a lo mismo que él. Intentaba ganar el suficiente dinero para que pudiesen estudiar y así conseguir un trabajo mejor. También nos habló sobre historias de su rutina del día a día, de lo que hacían sus compañeros, de su familia y mientras nos contaba todo eso, no parábamos de pensar en que nosotros somos unos grandes afortunados por tener la vida que tenemos.

Los volcanes desde la ruta a Ijen Un volcán humeante visto desde Ijen

Al final de la ruta nos estaba esperando nuestro conductor. ¡Por fin habíamos terminado la ruta! Habían sido 5 horas realmente duras por las condiciones físicas que arrastrábamos (en especial Lena) y por la dureza del entorno. ¿Lo repitiríamos? Lena tiene claro que no, pero yo creo que habiendo descansado adecuadamente puede ser una experiencia única que solo se puede vivir en pocos lugares del mundo. Eso sí, si me dan a elegir entre Bromo e Ijen me quedo sin ninguna duda con Bromo, tanto por su amanecer como por sus vistas. También hay que tener en cuenta que se puede realizar este trekking más tarde, aunque no llegues a ver los blue fires.

Antes de irnos de allí y pese a que nuestro conductor ya le había pagado al guía, decidimos darle una propina. Había sido muy majo con nosotros y nos había dado buenos consejos como alquilar las máscaras de gas, agacharnos cuando viniesen las nubes de azufre...

Habiendo hecho la ruta al volcán de Ijen o Kawah Ijen, como lo llaman ellos, te puedo dar los siguientes consejos:

Consejos para hacer la ruta al volcán Ijen

  • Lleva ropa de abrigo. Lo más probable es que hagas la ruta por la noche o a primera hora. A esas horas y a esa altitud (sobre los 2.000 metros) hace frío.
  • Si vas a hacer la ruta de noche lleva un frontal o una linterna. Mejor un frontal, para así tener las dos manos libres.
  • Si no tienes guía, no es necesario que contrates uno, el camino no tiene perdida.
  • Aunque esté prohibido bajar al interior del cráter la gente lo hace, así que no te preocupes en saltarte la norma.
  • Lleva agua. Pese a que no sea una ruta larga, requiere cierto esfuerzo, pero sobre todo, necesitarás beber agua después de estar en ese ambiente tan sulfuroso.
  • Alquila un máscara de gas si vas a bajar al interior del volcán. Lo podrás hacer en la cabaña que encontrarás a medio camino. En mi opinión no sería suficiente ir solo con máscaras de tela o papel que puedes encontrar en cualquier todo a cien, necesitas más protección.
  • Si sufres de asma o si tienes algún problema respiratorio quizás no debas bajar al interior del volcán.
  • Si quieres llevarte un recuerdo de allí, puedes comprar figuritas de azufre talladas por los mineros. Además, de esta forma, les darás un sobresueldo que les vendrá muy bien.
  • Si no quieres madrugar tanto como para hacer la ruta para ver los blue fires, puedes dormir un poco más y hacerla más tarde para ver amanecer.

Eran las 7 y pico de la mañana cuando, saliendo de allí, nos comíamos el desayuno que nos habían dado en el hotel. No era gran cosa, pero nos ayudó a reponer algo de energías. Eso sí, al terminárnoslo, no tardamos ni medio segundo en quedarnos sobaos, estábamos realmente cansados. Mientras tanto nuestro conductor puso rumbo al puerto de Ketapang donde cogeríamos el ferry hacía Bali.

Tras casi dos horas de trayecto, las cuales las pasamos dormidos casi todo el rato, llegamos al puerto de Ketapang. Allí pagamos a nuestro conductor lo acordado por el tour completo (3.800.000 IDR, al cambio unos 250,22 €) y le dimos una propina de 50.000 IDR (unos 3,3 €). Nos dejó justo frente al puerto y nos dijo dónde teníamos que ir a coger el ferry para ir a Bali, así que bajamos las maletas del coche y fuimos para allá.

El puerto de Ketapang

No es un puerto grande por lo que encontrar el sitio donde comprar los tickets para el ferry que te lleva a Bali es bastante sencillo. Sin duda alguna, este barco es la mejor forma de ir a Bali después de visitar la zona de los volcanes de Java (Bromo e Ijen). Tardas poco (menos de una hora), es realmente barato (tan solo 7.500 IDR por persona, es decir, unos 0,50 €), y tiene una alta frecuencia de salidas (cada 15 o 30 minutos, las 24 horas del día). Cuando vayas a la taquilla tienes que pedir un ticket a Gilimanuk (Bali) y ellos te dirán dónde tienes que ir a por el ferry.

Aunque perdimos el primer ferry que vimos, no tardamos en montarnos en el siguiente. Una vez dentro, nos acomodamos en los asientos y, para recuperar fuerzas, nos compramos una bolsa de patatas fritas en el quiosco que hay en su interior por 5.000 IDR (unos 0,33 €). Tras esto, Lena se tumbo en los asientos para intentar descansar algo durante el corto trayecto. Con el constipado que tenía, la ruta había sido el remate final.

Las vistas desde la isla de Bali desde el ferry

Tras algo menos de una hora llegamos a Bali. Dejábamos atrás los volcanes de Java, para dar la bienvenida a una nueva etapa del viaje en la que pasaríamos siete días en Bali, la isla de los dioses. ¡Bien!

Nada más bajarnos del ferry vinieron a nosotros un montón de taxistas ofreciéndonos sus servicios, al grito de "taxi, taxi". Teníamos bien claro que íbamos a coger un taxi hasta el hotel de Ubud, pero no queríamos pagar una millonada por él. Veníamos con referencias de precios que habían pagado otras personas hacía unos años, aunque seguro que desde entonces habrían subido los precios. Al primero que le preguntamos nos dijo que para ir a Ubud costaba 1.000.000 IDR (unos 65,85 €). ¡Qué! ¡Ni de coña!. Las referencias que nosotros teníamos eran de aproximadamente la mitad, así que nos negamos en rotundo y seguimos caminando. Al poco el hombre fue bajando y nosotros seguimos negándonos hasta que llegó a los 800.000 IDR (unos 52,68 €), entonces comenzamos a regatear. Habíamos conseguido algo de práctica durante nuestros días en Indonesia, así que tras un buen rato de regateo conseguimos bajar a los 520.000 IDR (unos 34,24 €). Un precio que nos parecía adecuado para el trayecto que íbamos a hacer, unos 130 kilómetros en unas 4 horas.

Información práctica: Ferry isla de Java - Bali

  • Sin duda alguna, el ferry que sale de Ketapang es la mejor opción para llegar a Bali, a la localidad de Gilimanuk.
  • El precio es de 7.500 IDR (unos 0,50 €) por persona y trayecto y se compra en la taquilla del propio puerto.
  • El trayecto dura media hora, a lo que hay que sumar se tarda en subir y bajar del barco, en total, algo menos de una hora.
  • Tiene una alta frecuencia de salidas. Los ferrys salen cada 15 o 30 minutos, las 24 horas del día.
  • La parte inferior está dedicada a los vehículos, pero la parte superior tiene asientos normales. Vete a directamente a la parte superior del barco.
  • En el interior hay un quiosco donde podrás comprar algún aperitivo, bebidas o incluso juguetes y ciertas cosas de entretenimiento.
  • Al llegar a Gilimanuk no hay muchas opciones de transporte público para trasladarte a otras localidades de la isla, por lo que la opción más usada es ir en taxi. Nosotros, tras mucho regatear, fuimos hasta Ubud por 520.000 IDR (unos 16,46 €).

Nada más montarnos en el coche empezamos a ver las diferencias que hay entre la isla de Bali y la isla de Java. Lo que más nos llamó la atención era que todas las casas tienen un pequeño o gran templo en el jardín (depende del dinero que tenga la familia). El motivo es que ya no estamos en una isla donde la religión mayoritaria es el islam, como ocurre en el resto del país, sino que la mayoría de los balineses son hinduistas. Además de esto, hay que tener en cuenta que en Bali hay una hora más que en la isla de Java, tal y como te comentamos en la Guía de viaje: Indonesia en 20 días.

Tras unas cuatro horas de coche en las que conseguimos dormir a ratos llegamos al hotel en el que nos alojaríamos en Bali durante la siguiente semana, el Hotel Bunga Permai. Ya te hablaremos más extensamente sobre el hotel, pero desde ya te puedo decir que fue el mejor hotel en el que nos alojamos y que repetiríamos sin dudarlo. Es sencillamente espectacular y tan solo costaba 34,71 € la noche (desayuno incluido). Un auténtico paraíso en un entorno envidiable que difícilmente podríamos encontrar en el centro de Ubud.

Habitación Hotel Bunga Permai (Ubud) Exterior Hotel Bunga Permai (Ubud)

Pagamos al taxista y entramos en el hotel. Tras dar los datos de la reserva, nos llevaron a nuestra habitación y nos dieron un cóctel de bienvenida. Así da gusto, con estos detalles ya empezaban a encandilarnos y eso que aún no habíamos descubierto el resto de sus instalaciones.

Aunque estábamos emocionados por haber llegado a Bali, el cansancio que teníamos encima podía con nosotros. Eran las dos de la tarde y aún no habíamos comido, pero daba lo mismo, necesitábamos dormir en una cama. Nuestro cuerpo nos pedía a gritos que frenásemos el ritmo, así que nos echamos una siesta de las buenas.

Tras casi tres horas durmiendo como auténticos lirones, nos levantamos con las pilas recargadas, pero con un hambre canina. ¡No habíamos comido casi nada en todo el día y ya eran las cinco de la tarde! Por rapidez y comodidad optamos por quedarnos en el restaurante del hotel, ya tendríamos tiempo de ir a Ubud mañana. Lena se pidió una hamburguesa con patatas, en mi caso me decanté por una carne picante que no recuerdo como se llamaba, y además, para compartir, nos pedimos una ensalada cesar y de postre bananas fritas con helado. Menudo festín y además todo estaba riquísimo, de las mejores comidas que habíamos probado hasta el momento en el país. El precio final fue de 249.000 IDR (unos 16,39 €). Es un precio algo más elevado que la media, pero hay que tener en cuenta que pedimos bastante comida, que estábamos en un hotel y que en Bali todo es un poco más caro que en la isla de Java. Aún así, 16 € por todo eso sería un autentico chollo en España.

Nuestra primera comida en el Bunga Permai de Ubud Bananas fritas en el Bunga Permai de Ubud

El resto del día lo pasamos descansando en el hotel y recargando las pilas para comenzar con energías nuestra aventura en Bali. Nos fuimos a la cama pronto con una sonrisa de lado a lado ¡Estábamos en Bali! Todavía no nos creíamos que fuésemos a estar una semana en aquel paraíso.


Os dejo un mapa con los puntos de interés de este día.

Si queréis ver el mapa en otra pestaña haced clic aquí.


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